domingo, 24 de abril de 2011

Feliz Domingo de Resurección!

Feliz Domingo de Resurección, mis gatines. Y que Dios este con vosotros y con todos sus hijos del Callejón.

Gata Madre

jueves, 21 de abril de 2011

Testimonio escrito (III) - Nicolás (Chile)

Os presento al gato Nicolás que nos maúlla este testimonio desde Chille. Os advierto que es bastante duro, pero espero que os haga pensar. Gracias Nicolás! El Callejón siempre será tu casa.

Gata Confesora



Me llamo Nicolás, no diré apellidos, tengo 14 años y a pesar mi corta edad he podido experimentar lo que significa ser diferente y sus consecuencias. Yo vivo en Chile, un lugar donde ser fuerte y sobrevivir cuesta: a mí me ha costado demasiado.

A los cinco años empecé el colegio para cursar primaria. Allí todo el mundo me quería como a un niño más. Desafortunadamente, al cabo de un par de años tuve que cambiarme a otro, donde los problemas comenzaron. Los otros chicos me odiaban porque me juntaba con chicas. No entendía porque, a mi me encantaba juntarme con ellas: conocerlas más y poder entenderlas. Los primeros años, jugábamos a ser parejas, siempre jugaba con las chicas que hallaba lindas, les daba besos e incluso pude estar con una de ellas más de 3 años, jugando.

A los ocho años me gusto la primera niñita, por entonces aun no me atraían los chicos. No obtente tuve un único amigo, con el que compartía mis gustos por la animación japonesa, la música, etcétera. Siempre participábamos en actos: cantábamos y recitábamos poesía Mis compañeros no soportaban eso, me envidiaban por sobresalir y hacer cosas que ellos no podían. Por eso me tenían completamente ignorado, como a un bicho raro.

A los nueve años entré al cuarto curso, y entonces fue cuando las cosas se empezaron a poner muy feas: comenzaron a insultarme. Me hacían sentir tan mal, extremadamente mal ¿Que había hecho yo para merecerlo? Al parecer, la causa era que yo me juntaba con las niñas que a ellos les atraían, de ahí comenzaron todos los chismes, de que yo era una "Niña" y que era "Gay". No lo aceptaba, pero tampoco respondía golpeando, siempre me gustó ser pacifico y no golpear, menos por cosas estúpidas, por lo cual me aguante los primeros insultos hasta que empezaron a extenderse por todo el colegio y comencé a ser el tema del año: nadie quería juntarse conmigo, me elegían de los últimos en grupos de gimnasia y empecé a ser severamente discriminado y aislado por los otros chicos. Esta situación siguió durante varios años. Dejé de querer ir al colegio, me hacía el enfermo, o bien me iba a casas de amigos o cualquier otro lugar bien lejos del colegio ya que no aguantaba el apodo “gay”. Por supuesto, mi rendimiento escolar cayó en picado.

Cuando cumplí los diez años finalmente pasó algo sorprendente para mí: me atrajo el primer chico! Fue muy extraño porque mis gustos por mujeres se deshacían mientras que los hombres aumentaban. Pero aún así, no me aceptaba a mi mismo como homosexual: solo tenía 10 años!

En séptimo curso (a los doce años) me di cuenta de que era gay. Aunque no lo dije a nadie, de cara a los demás era hetero. En ese año también tuve mi primera pareja gay, y por primera vez me sentí feliz como si estuviera en el cielo... después de tantos años de soledad, la vida me ofrecía esperanza y alegría. Pero ser feliz era demasiado pedir, y pronto desperté de aquel dulce sueño. Un día me enteré de que mi chico flirteaba por Messenger con chicas, quedaba con ellas para besarse a escondidas de mi. Y fue con ese chico con quien tuve sexo por primera vez. Era maravilloso, sentir alguien amándome a mi lado. Me di cuenta que solo me quería par tener sexo, lo cual también hacia con otras personas. Y yo que lo amaba tanto… hizo que mis sueños se convirtieran en pesadillas. Yo lloraba todos los días escondiendo mis lagrimas ante mi familia, nunca nadie supo de aquella relación, ni del sufrimiento que me produjo la ruptura. Tampoco supo nadie que en aquellos días consideraba a menudo terminar voluntariamente con mi vida.

En varias revistas, en series de televisión, … leí que tener sexo quitaba la depresión y cosas así, fue entonces cuando comencé a practicar sexo con gente. No solía decir que no, el sexo en sí no estaba mal, pero yo lo que buscaba era sentir la presencia, el interés y el cariño de alguien a mi lado. Aunque fuera un extraño que solo me quería por mi cuerpo. La vida no me ofrecía nada mucho mejor que eso.

Hasta entonces, aunque no tenía amigos podía contar con en el amor de mi familia. Pero por alguna razón, ese último refugio de tranquilidad que me quedaba también cambió drásticamente: mi familia empezó a dar claras muestras de cruda homofobia: hablaban a diario en contra de los homosexuales, despreciándolos, mi mamá decía abiertamente que no dudaría en echar de casa a su hijo si se enterara de que era homosexual. Por eso yo guardaba mi secreto conmigo, intentando que nadie se enterara, no levantar sospecha… Pero finalmente no pude más y tuve que confesárselo a mi mejor amiga. Ella me entendió y eso me hizo sentir muy bien, como si me sacara un peso de encima. Así, poco a poco fui contándoselo a otras personas: mis amigos más confiables y a mi sobrina que hasta el día de hoy es la única en la familia que sabe. Cada vez me sentía más feliz y los comentarios de mis compañeros ya no hacían tanto efecto, aunque gimnasia seguía siendo un lío y faltaba igualmente a aquellas clases.

A los trece años, a música era mi vida, no tenía nada, me sentía cada vez más alejado de mi familia y aunque mis amigos me dijeran varias cosas lindas esto no lograba ayudar por lo que recurrí a la música y posteriormente en buscar a alguien, un ser que me acompañara y con el cual poder contar todos mis secretos, hasta los más dolorosos. No había nada mejor que buscar una mascota, un gato fue lo primero que pensé pero mi familia no me dejó tener uno. Me sentía tan solo a pesar de haber contado mis secretos a mis amigos... pero aún así seguía con mi rostro en alto, sabía que algo bueno ocurriría algún día. Meses después llego el aviso de que la mascota de mi sobrina iba a tener cachorros, momento perfecto para escoger uno, por lo tanto una vez los cachorros vieron la luz pude elegir, y al que elegí fue al más débil y unos días después murió. Comencé de nuevo a sentirme solo, me apoyé en mis compañeras y pude sentir que los problemas se iban, pero llegaban cada vez peores.

A los catorce años pasé por la etapa más tristes de toda mi vida. Simplemente mis ánimos bajaron y volví a rechazarme, no podía verme al espejo y no me cuidaba, solo esperaba que todo pasara rápido, perdí a gente, mucha gente que se decían llamar “amigos” , por un acontecimiento que ocurrió no hace mucho, tuve una pelea con mi “mejor amigo” y el círculo de amistades en el que estaba decidieron seguir a aquel tipo sin escuchar mi historia, me odian y me desprecian, eso me marcó mucho: me tiraba en la cama y lloraba sin que nadie se diera cuenta ya que pensaba que nadie le gustaría saber lo que me pasaba. Tampoco le podía contar a mi mamá ya que tenía miedo, mucho miedo, solo le decía “Necesito a la psicóloga, necesito a la psicóloga” cuando me encontraba llorando.

Al final un dia no aguante mas y explote! Fue una tarde que estaba en casa de mi sobrina. Yo estaba en su habitación, sollozando yo solo. Entonces ella entró a la habitación de repente y me preguntó que ocurría. Yo no pude más y le dije:
- No quiero aceptarlo – Aguantando lágrimas, haciéndome el fuerte
- ¿Qué cosa?
- Que mi vida es una mierda… ¿Qué es lo que hice mal, que hice para merecerme esto?
En ese entonces, me rodeó con sus brazos y yo me desahogue como nunca lo había hecho, grité y creo que más de alguien en la casa se dio cuenta…

Mi autoestima en los días siguiente marcó el cero absoluto, me encerraba, colocaba la música fuerte, cerraba las cortinas y todo se quedaba oscuro como quería, me acostaba y lloraba más, aun más, de vez en cuando empezaba a golpear la pared y observaba constantemente las cajas de pastillas, no había nadie que me viera en ese momento así que lo podía hacer, eran tan solo segundos, solo unos pocos segundos, no habría dolor… pero a pesar de todo no lo hice porque debía saber que ocurriría en el futuro.

No he acudido a ninguna organización para gays, ni a psicólogos, ni nada. Sé que superar todo esto si encuentro buenos amigos. Pero sin amigos… puedo pintar mi paisaje solo, sin dedos ni manos. Todos tienen una hoja de papel en blanco al nacer, y para poder pintar en la hoja, hay que dibujarlo y para dibujarlo hay que sobrevivir y vivir hasta el último segundo. Una vez hayas vivido todo, puedes ver que tu paisaje es lo más bello que existió en este mundo.

Actualmente sigo sufriendo bullying cada día. Ya no con mis compañeros de clase, sino con gente de otros cursos superiores. Pero ya me da igual. Como dijo mi profesora “Ser homosexual es un duro camino y más aún si se sale del ropero, tomar esas decisiones es solo para los valientes y para los que están decididos a vivir la vida.” A día de hoy, la mayoría de la gente que conozco sabe mi realidad

Mi familia aun lo sabe. Tengo miedo, mucho miedo, de cómo reaccionará mi mamá, mi padrino y el resto de mi familia. No sé si me insultarán, me rechazarán o simplemente me echaran de casa para no hacerse más problemas. Como digo mi sobrina, que es la única en la familia que lo sabe, algún día sacaré mi realidad y cuando llegue ese día sabré si en realidad mi familia me amaban o me simplemente querían que fuera una persona hecha a su medida, que encajase con su ideal de hijo.

Siempre pensé que el arte podía solucionar cosas, y bueno, solucionó algo mi vida, aprendí a aceptarme tal como soy, eso fue gracias unas canciones que me hicieron sentir bien, aliviado y dispuesto a vivir la vida... The best thing about me is you y Born this Way. Perdí y gané amigos, pero ahora hay personas que me entienden y apoyan. Además lo que importa es que puedo vivir mi vida como soy y no mostrar mi lado falso a la gente ya que eso perturba mi vida y me hace sentir... insatisfecho conmigo mismo. Pasé una depresión, estuve solo, sufrí bullying, me traicionaron y me engañaron, tuve sexo, perdí amigos, perdí compañeros en la vida... Pero sé que mi vida aún no termina así, será mejor algún día... Soy humano, igual que todos nosotros, Dios me hizo perfecto, me hizo para sobrevivir y ser fuerte. Sé que si me drogo y tomo, me suicido o me escondo, no encontraré lo que quiero, sino que serán más obstáculos. Yo quiero encontrar la felicidad y para encontrar esa felicidad debo seguir adelante, se que algún día la encontraré, se que Dios no hizo mi vida trágica, la hizo para ver si soy fuerte o débil. Suicidándose no se arreglan los problemas, solo harán que un alma no pueda encontrar la felicidad. No soy Dios para saber mi futuro, pero de lo que estoy seguro es que algún día será mejor, mucho mejor... Aceptarme como soy, yo nací así y vivo para ser fuerte y encontrar esa felicidad que iluminará hasta el más mínimo rincón de tristeza.

Pero ahora soy feliz… Vivir es difícil, aun mas si no tienes manos para poder levantarte ni para poder dibujar un paisaje.

Para mí ser homosexual es muy difícil, las realidades que llevo dentro de mí son un gran peso, pero vivir así significa ser fuerte, vivo la vida para ser fuerte y para demostrar que yo soy valiente. Mi vida va a mejorar!

lunes, 18 de abril de 2011

Sven

Os presento al gato Sven. Es un chico de Alemania de 18 anos que sufrió bullying en el colegio. Aquí nos explica cómo se enfrentó a los bullies y consiguió que le respetaran. Y adivinais qué? pues su vida mejoró :)

Gata Madre


jueves, 14 de abril de 2011

Michelle y el matrimonio igualitario

Buen día desde la redacción del Callejón para daros este articulo de última hora y gran interés. Lo escribe el gato ObusMan, desde Uruguay, y nos lo manda la gata Rosa (si, si, la del testimonio!). Espero que os guste. Devuelvo la conexión y maúllo!!!

Gato Periodista


No conozco a Michelle. No la conozco más allá de la fama que adquirió con justicia, tras convertirse, luego de una proeza inestimable, en la primera abogada transexual de la historia de nuestro país y, probablemente, la primera egresada trans de la Universidad de la República. Me dirán que la identidad sexual no atribuye un mérito académico particular a la culminación de los estudios de grado. Sin embargo, no puede ni debe ser soslayado que Michelle debió abrirse su camino vital y profesional cercada por el miedo y la hostilidad notable que expone una parte enorme de la sociedad hacia las personas que se atreven a ser lo que verdaderamente son, más allá de los prejuicios y los patrones consagrados por la presunta normalidad.

Me imagino lo que deben haber sido los primeros años a partir de que asumió e hizo pública su identidad femenina, en plena adolescencia. Creo poder imaginarme el infierno al que debió ser sometida por sus compañeros de secundaria, al cabo principales víctimas y reproductores de una intolerancia y un terror aprendido casa por casa, familia por familia, poleas de transmisión de una estructura de valores sistemáticamente cruel para con el otro, con el que “diverge”, con el que se “desvía”, con lo “anormal” de acuerdo a una categoría estandarizante que suprime, impone la invisibilidad y, si es necesario, reprime, y hasta mata a quien de algún modo se atreva a su autenticidad, pese a quien pese, cueste lo que cueste, encaje o no encaje en los preceptos axiológicos de su tiempo y de la geografía accidental a la que pertenece.

Contra todo eso debió luchar Michelle sin duda alguna y es bastante probable que haya estado muchas veces al borde de la derrota, una derrota que habría dicho mucho menos de ella que del resto, que habría estado plenamente justificada dada la asimetría evidente entre las fuerzas inquisitorias de la multitud frente a la pura voluntad de una persona. Pero no pudo la multitud ni el mundo, no pudo el prejuicio ni el miedo ni la intolerancia, no pudieron con ella, y eso es lo que convierte los logros de su vida en una épica digna de homenaje, de laudatio, del reconocimiento por las personas dignas.

Escribo sobre ella porque siento que lo merece, pero también porque por estos días ingresa en el Parlamento nacional un proyecto de ley que, según me cuentan, es casi en la totalidad de su autoría. Se trata del proyecto que consagrará el matrimonio igualitario en Uruguay, ley que, si todo marcha como hasta ahora, será aprobada este año en las dos cámaras, con los votos del Frente Amplio y, por qué no, quizá con la adhesión de legisladores de otros partidos con representación parlamentaria.

El proyecto supuso para Michelle una revisión exhaustiva del código civil, escudriñando en los inacabables montículos de normas para despojar la legislación nacional de todas las referencias sexistas que impiden la satisfacción universal del derecho al matrimonio a las personas cuya orientación sexual no se corresponde con la supuesta “naturalidad” heterosexual. A partir de esta ley, todo el mundo podrá casarse en Uruguay, en todas las combinaciones que el amor admite que, como bien se sabe, es un sentimiento subversivo, revolucionario, indomable, irreprimible, poco afecto a códigos y a templos, capaz de movilizar lo más hermoso de la especie en cualquier tiempo y en cualquier lugar, sin detenerse en consideraciones jurídicas o teológicas de ningún tipo.

Esta ley seguramente promoverá un debate social tremendo y no tardará en levantarse la voz admonitoria de la conservación, las amenazas sobre el aterrizaje del diablo en tierras orientales, y todo el conjunto de imprecaciones de las que son capaces los adictos al miedo y a las prohibiciones. Pero no importa. Hay que bancarlo. Bienvenido el debate, la polémica y hasta el insulto si es por la causa, a esta altura impostergable, de hacer justicia con la historia, con la vida, con nosotros mismos.

No sé bien cuándo fue que se generalizó esa tendencia de la civilización a someter el amor y el de deseo a los términos de un contrato frente al Estado, pero mientras exista el matrimonio, mientras no desaparezca en las intrascendencias del olvido, todas y todos debemos ser iguales en el derecho a contraerlo y todas y todos debemos ser iguales en el derecho a la separación física y administrativa, por la sola voluntad del contrayente y sin mayores explicaciones, todo lo cual está previsto en el proyecto elaborado por Michelle, patrocinado por el colectivo Ovejas Negras e introducido en el parlamento por Sebastián Sabini, el tati, un joven diputado del MPP por el departamento de Canelones, al que también corresponde reconocer con calor y felicitar.

Tal vez La ley en el futuro sea referida como la ley Suárez Bértora, por los apellidos de su valiente autora, pero entiendo que el correcto homenaje sería llamarla ley Michelle, o Michelle Suárez Bértora, porque siento que es allí donde radica el símbolo, porque vaya a saberse todos los muros que debió derribar para conquistar el derecho a portar un nombre que se ajuste a su identidad y no vivir, como han vivido tantas y tantos, como aún viven muchas personas, infelizmente cautivas en la cárcel del viceversa.


ObusMan


miércoles, 23 de marzo de 2011

Tengo dos padres!

Terrence es  un gato holandés con dos padres! Y esta tan contento que nos lo canta en un programa de TV.
Besitos gatunos!
Gata Madre

lunes, 21 de marzo de 2011

El Peligroso Arcoiris - Eduardo Galeano


Un poco de buena literatura para nutrir nuestras almas en este día! Os presento este texto del gran Eduardo Galeano, un escritor, novelista y periodista rebelde de Uruguay. El autor da su versión de cómo la sociedad moderna, en particular la Iglesia Católica, ha satanizado la homosexualidad, obligando a los gatos LGTB a una guerra abierta y sostenida durante siglos que aun está en su más ferviente actividad. De lectura que te eriza el pelaje. Disfrutadla, gatines.
Gata Madre
El Peligroso Arcoiris

1
Richard Nixon, prestigioso historiador, lo tenía claro. En 1972, cuando era presidente de los Estados Unidos, dictó a sus colaboradores más cercanos un curso relámpago sobre la decadencia de Grecia y Roma:
–¿Ustedes saben lo que pasó con los griegos? ¡La homosexualidad los destruyó! Seguro. Aristóteles era homo. Todos lo sabemos. Y también Sócrates. ¿Ustedes saben lo que pasó con los romanos? Los últimos seis emperadores eran maricones...


En 1513, unos siglos antes de esta lección magistral, Vasco Núñez de Balboa había arrojado a cincuenta indios a las bocas de los perros que los destriparon, “porque para ser mujeres sólo les faltan tetas y parir”.

En Panamá, como en muchos otros lugares de América, la homosexualidad era libre, hasta que irrumpieron los conquistadores. Aquella noche de 1513, Balboa inauguró en estas tierras el castigo del nefando pecado de la sodomía.

Eran los tiempos de la Santa Inquisición. Tiempos de nunca acabar. En España, la Inquisición duró tres siglos y medio. La herejía de la diversidad, en todas sus formas, fue condenada a suplicio o muerte en varios lugares de Europa y de América. Muchos homosexuales, hombres y mujeres, fueron quemados vivos. La hoguera los redujo a cenizas “para que de ellos no haya memoria”.

Una época superada, se supone. Pero el humo llama.
 
 
2
En vez de pedir perdón a sus víctimas, la Iglesia Católica repite las antiguas maldiciones. Recientemente, la Santa Inquisición, que ahora se llama Congregación para la Doctrina de la Fe, lanzó desde el Vaticano una campaña mundial contra el matrimonio de parejas homosexuales, “una grave inmoralidad que contradice el plan de Dios y la ley natural”.

De inmediato, los altos funcionarios de la Iglesia en el mundo hicieron eco a la voz de mando. En el Uruguay, el arzobispo Nicolás Cotugno declaró que la homosexualidad es “una enfermedad contagiosa”, recomendó aislar a sus portadores y comparó el matrimonio homosexual con la unión entre un hombre y un animal.

La Iglesia está preocupada, desde hace ya unos cuantos siglos, por la sexualidad humana. De Papa en Papa, ha ido estableciendo la rígida frontera entre el pecado, que es casi todo, y lo poquito que nos deja de consuelo, porque de algún modo hay que reproducirse. Desde el Sumo Pontífice hasta el último cura de pueblo, no hay sacerdote que no sea experto en sexo. Como todos ellos han hecho voto de castidad, no se sabe cómo pueden entender tanto sobre una actividad que tienen prohibido practicar.

Leyendo esta última condenación del Vaticano, a uno le vienen ganas de preguntar a los sexólogos celestiales: si el matrimonio heterosexual es una “ley natural”, ¿por qué ustedes no se casan? Y si los homosexuales contradicen “el plan de Dios”, ¿por qué Dios los hizo así?

Otro especialista en el Bien y el Mal, el presidente George W. Bush, coincide con el Vaticano en la condenación del casamiento homosexual y se pronuncia contra la adopción de niños por parejas que no constituyan un matrimonio normal, “entre un hombre y una mujer”.

El presidente, que no es católico, hace suya esta cruzada papal. No es la primera vez que Bush y el Papa descubren que son tal para cual. Los dos tienen comunicación directa con el Cielo, por teléfonos diferentes. En algunas ocasiones, como en la reciente guerra de Irak, reciben órdenes contradictorias. En otras, en cambio, forman un frente común. Han estado, y seguirán estando, unidos en causas tan sagradas como la promoción de laabstinencia sexual entre los jóvenes y la lucha contra los medios anticonceptivos y contra el aborto.

Con su habitual amplitud de criterio, en estos temas Bush no sólo ha coincidido con la teocracia vaticana, sino también con los fundamentalistas islámicos: los puritanos unidos jamás serán vencidos. Y cada vez que tales asuntos se han planteado en las Naciones Unidas, Bush ha votado de común acuerdo con sus enemigos jurados, Irán, Libia, Sudán e incluso Irak, antes de que ese país recibiera el huracán de misiles que él le envió en nombre de Dios y del petróleo.

3
La cruz y la espada se están alzando, como en los viejos tiempos. Con toda razón: en estos últimos meses, la homofobia viene sufriendo graves atentados. Por todas partes cunde eso que el Papa llama “conducta desviada” y “legalización del Mal”.

A mediados de este año, la Corte Suprema de los Estados Unidos dicta una sentencia histórica. Es inconstitucional, dice la sentencia, la ley de Texas que castiga la homosexualidad como un crimen. El dictamen implica la nulidad de las leyes semejantes en otros doce estados de esa nación.

Mientras tanto, en New Hampshire, por primera vez en la historia del cristianismo, los fieles y el clero de la Iglesia Episcopal eligen un obispo que es abiertamente gay. Massachusetts está a punto de legalizar los matrimonios homosexuales. En Vermont, ya el Registro Civil reconoce la legitimidad de esas parejas. En Canadá, desde principios de este año, los homosexuales pueden casarse en Ontario y en Columbia. Ahora hay bodas homosexuales en Bélgica, como ya las había en Dinamarca, Holanda y Suecia. Diversas variantes de unión legal, más o menos parecidas al matrimonio según el país, rigen en Noruega, Finlandia, Islandia, Francia, Alemania, Hungría, Croacia y en algunas regiones de España. Y en la ciudad de Buenos Aires, por primera vez en la historia latinoamericana, ya se celebra, también, la unión legal entre personas del mismo sexo.

Todas estas “graves inmoralidades”, actos de libertad y de salud mental, no son regalos: son conquistas. Son el resultado de la porfiada lucha de los gays y las lesbianas contra la discriminación y la violencia. Entre todos los placeres que merecen el infierno, el amor homosexual es, todavía, el más ferozmente reprimido. El machismo y la estupidez armada han disfrazado de normalidad esta atrocidad, y la han convertido en costumbre. En más de setenta países, la ley castiga las relaciones homosexuales. En muchos, con cárcel. En algunos, con flagelación o pena de muerte. En otros, donde la pena de muerte no es legal, los escuadrones parapoliciales y los enfermos de fanatismo cumplen sus ceremonias de purificación: limpian las calles torturando, mutilando y asesinando a quienes, por el solo hecho de existir, constituyen un escándalo público. Los gays y las lesbianas están malditos en la tierra y en el cielo. Hace cinco años, el primer ministro de Malasia llegó a denunciar que eran una amenaza para la seguridad nacional. En el Más Allá, también tienen cerrada la puerta. Como escuché decir a la madre de una joven lesbiana: “Lo que más me duele es saber que no estaremos juntas en el Paraíso”.

Pero ellos y ellas, los raros, los despreciados, están generando, ahora, algunas de las mejores noticias que nuestro tiempo traNsmite a la historia. Armados con la bandera del arcoiris, símbolo de la diversidad humana, ellas y ellos están volteando una de las más siniestras herencias del pasado. Los muros de la intolerancia empiezan a caer.

Esta afirmación de dignidad, que nos dignifica a todos, nace del coraje de ser diferentes y del orgullo de serlo.

Como canta Milton Nascimento: "Cualquier manera de amor vale la pena, cualquier manera de amor vale amar".

Eduardo Galeano

domingo, 6 de marzo de 2011